¡Kaixo! ¡Y descorchamos!

Pero café. Solo. Negro. No solo de vino bebe el hombre.

Es domingo. Domingos. Los amas y los odias, irremediablemente. Quién no sufrió esos domingos de pavor con quince años, cuando uno se despertaba sin ganas de vivir. Porque esos domingos vivir era estudiar, hacer deberes, encerrarte en tu habitación a fingir que sacabas partido al reloj. Si además tu familia era de códigos inviolables, más sal sobre la herida. Tenias que viajar una hora en misa. Una hora que se te hacia un año de penitencia desde que tu madre, a la que no le gustaba llegar tarde pero tampoco sabia evitarlo, gritaba como si acaso el cura y los feligreses esperasen para comenzar la homilía.  Te sentabas en esos duros bancos de madera, siempre brillantes, y dejabas volar tu imaginación mientras la palabra del Padre, siempre sabia, te resbalaba por los oídos como zumbido agradable, como la voz francesa que me canta en este momento.

Estaban también los buenos domingos, que se alternaban con los anteriores en un bucle sin fin. Esos días no había despertador, y si mucha tele. Multicine, motos, coches, tenis, fútbol. Lo que fuera mientras hubiera cerca un sofá y algo de prensa. Y siestas. Despertarte babeando en otro lugar. Como un púgil que no se incorpora pero tampoco siente dolor. K.O, sweet K.O

Con la edad los domingos de estudio fueron de trabajo y ya no hubo tiempo que poder perder. Por suerte y aunque mas raros aún existen los domingos de placer, y esos días no temes al lunes, y buscas paz en un sitio cómodo. Y cambias el sofá por la silla decrépita y acolchada de una librería inglesa de Shanghai ,mientras Edith Piaf te susurra al oído. No la quieres entender. Solo pides que no se separe de ti. Jamás.

Al lio.

Minuto 116. Gol de Iniesta. Todos nos acordamos. Liberación. Sin salvar las distancias, algo parecido sentí cuando brilló en mi pantalla el siguiente titular: Carlos Fabra a prisión. Y a mi memoria vino mi propia imagen un mes atrás, en ese paraíso del levante, sacando medio cuerpo por la ventana para gritar indignado frente a una tapia roja. Que protege su casa roja.

La casa roja es la metáfora de nuestro tiempo. Se encuentra en una urbanización de toda la vida en la que se confunden antiguos apartamentos y casas con solera, y donde unas cincuenta familias veranean desde hace décadas. Abuelos que se retan al dominó mientras sus nietos coquetean en el juego del verano.

La casa roja no había estado allí siempre. Debió levantarse el mismo verano que vimos arder el monte. Ese monte guardaba las espaldas de la urbanización. Por delante el Mediterráneo, la eternidad. El monte alejaba las casas de los curiosos, horteras y mafiosos. El fuego acabo con él, pero por suerte se detuvo cuando rozaba las viviendas. Nada de milagros. Ni San Antonio ni Santa Rita. Quizás San Carlos. Unos meses mas tarde el monte había mudado en un desordenado paisaje de casas obscenamente grandes y horteras, con privilegiada vista al mar. El cacique era el mandamás de la provincia y aunque de carnet azul, quiso tener su casa roja. No sobre sus cenizas, las del monte, sino abajo con las familias de bien.

Poco le importó que la norma urbanística dictase el blanco para las fachadas, por aquello de la armonía, por no romper el paisaje continuado entre montaña y mar. Le gustaba el rojo. Y las casas grandes. Había un problema. Es una urbanización de los años cincuenta, de calles estrechas y parcelas suficientes pero no infinitas. Daba igual, era el mandamás y construiría la tapia roja que protegía su casa roja un metro mas allá de la legalidad, ganando espacio a la acera. Y al bordear la casa uno advertía divertido como las farolas que iluminaban la calle, la calle de todos, se encontraban dentro de su propiedad. Entre la tapia y la casa. A modo de aviso: “La luz es mía. Yo la doy y yo la quito”.

Temido y respetado, y también querido, era un capo en el cuerpo de un entrañable vecino, con el dramático añadido de una fatalidad infantil que le privó de uno de sus ojos. Ya de adulto y con su ojo de cristal ,supo adivinar siete veces la combinación ganadora de distintos premios de lotería. Y el pueblo decía querer saber donde compraba el cacique sus boletos, pero nunca puso mucho esfuerzo en la pesquisa cuando diciembre asomaba por el calendario. Todos sabían que su suerte no era tal, que solo era una cutre artimaña para justificar ilegales y cuantiosos réditos.

Recientemente la tapia roja retrocedió. La farola volvió a ser de todos. Ya era tarde. Demasiados millones sin justificar para nuestros días de indignación y miseria. Sus hasta entonces amigos jueces le abandonaron. Sus años de favores, de mordidas, de omnipresencia en lo público y en lo privado, tocaban a su fin: Carlos Fabra a prisión. Jaume Matas fotografiado de camino al correccional. El Molt Honorable Pujol entona el mea culpa tras 30 años de mentira y crimen.

Es para celebrar, ser honrado vuelve a estar de moda.

Je ne regrette rien…

Último sorbo,

A reveure